El auge de las exportaciones chinas y el boom de las inversiones extranjeras en ese país durante los últimos años, fue alimentado sus bóvedas de manera casi imparable, convirténdose en la envidia de muchos países desarrollados y, obviamente, de casi todos los países en desarrollo. Aunque no existen cifras precisas al respecto, la sola magnitud de las reservas chinas permitiría -haciendo un cálculo grueso- suponer que supera la suma conjunta de las reservas de toda América Latina y, obviamente, de toda Africa y, quizás, hasta la suma de ambos continentes.
Suposiciones aparte, evidentemente, puede prevalecer el dicho de que “quien más tiene más quiere”, y China, en este aspecto, no va a dejar que nadie le arrebate su puesto privilegiado en la cantidad de reservas internacionales que posee. Pero también, se puede decir -estirando la frase anterior- que “el que más tiene, muchas veces no sabe ni lo que tienen ni lo que quiere”. Y, en este aspecto, el dilema chino es qué hacer con tantas reservas internacionales.
Financieramente hablando, disponer de dinero y no obtener una rentabilidad de él, es una falta de percepción de ganancias; pero China si ha tenido esa percepción de ganancias, razón por la cual ha tratado siempre de invertir en activos extranjeros -sobretodo, en Estados Unidos-. De modo que la pregunta no es, si China apuntó o no a invertir (de hecho lo hizo), sino si apuntó bien (por lo menos visto, desde la perspectiva actual). Con una economía tambaleante en Estados Unidos, y su gran parte de sus inversiones en activos denominados en dólares, China tiene la esperanza que dicho país “aguante la crisis”. De otro modo, las inversiones chinas (entre ellos bonos del Tesoro de Estados Unidos, y por ende sus reservas), se deshacerán como por arte de magia.
Sus reservas internacionales, son una papa caliente, que China tiene que mantener en la mano, pero con el cuidado suficiente para no terminar quemándose.
